
La narrativa corta en manos de Félix Quispe Osorio adquiere una dimensión especial en donde lo fantástico se funde, en ocasiones, con lo siniestro.
Félix, en una entrevista con Jefferson Gómez García comentabas que actualmente la gente prefiere leer textos cortos, dejando de lado las lecturas prolongadas de novelas o cuentos muy extensos, debido al agitado mundo en que vivimos.
Yo descubrí el género de relatos cortos a raíz de una lectura que hizo Jorge Yangali de un cuento Fernando Iwasaki. De otro lado, me atrapó un cuento corto de Sandro Bossio, La ventana, en su libro Kassandra y nueve mentiras menores.
Un policial muy interesante.
Me di cuenta que ese era el formato adecuado para leer en la actualidad. La gente anda ajetreada y sin tiempo. Muchos no tienen el hábito de consumir historias largas.
Eres pesimista con las novelas e historias muy extensas de cuatrocientas o quinientas páginas.
Yo lo veo como un reto. Es decir, leer esa cantidad. Muchos sí leen historias largas. Yo pensaba estudiar ingeniería, pero, al no ingresar, opté por letras. Soy un lector tardío. Si un texto extenso no me atrapa, lo dejo a un lado. Me pasó incluso con varios libros de Mario Vargas Llosa. Sin embargo, no fue lo mismo con El Túnel de Ernesto Sábato, Pedro Páramo de Juan Rulfo o El llanto en las tinieblas de Sandro Bossio.
Entonces, eres más un lector de relatos cortos.
Me da más gusto por la amplitud de temas que se pueden abarcar. Los novelistas son admirables para mí por el hecho de abarcar historias en varias páginas.
Por otra parte, noto que una generación reciente de exalumnos de la Facultad de Pedagogía de la Universidad Nacional del Centro del Perú se lanzó a producir narrativa, dejando de lado la poesía, y dándole un nuevo rostro a la literatura de la región central.
Sí, hace unos años hubo una efervecencia de narradores y poetas. La generación anterior a la mía, la de Hugo Velazco, era muy activa en cuanto a publicaciones de revistas. También noto que hoy eso se ha interrumpido. Por otra parte, en mis años de estudiante un lugar de aprendizaje y en cierta medida de modelo, fue la Radio Universitaria que dirigía Alberto Chavarría. A ese lugar invitaba a gente de diversos medios. Ahí vi, por ejemplo, a Joe Delgado, Patricia Tauma, Carlos Trujillo (muy joven aún) o a Eduardo Cabel Martínez. Se trataba de una generación que se hacía modelo y estaba en plena lucha. Efectivamente, creo que esta es una generación de nuevos narradores.
¿Y en ese contexto se forjó tu vocación para escribir? Yo crecí en un lugar donde no había agua ni luz. Éramos tres hermanos, mi padre y mi madre. Solo había una cama. Durante las noches conversábamos hasta quedarnos dormidos. Mi padre, entonces, contaba fábulas quechuas. El zorro y el sapo, por ejemplo. Con el tiempo, las iba repetiendo. Era una actividad que a mí me gustaba mucho. Pasaron los años y, como a todos, nos invadió la tecnología. En el colegio escribía cartas de amor a las muchachas que me gustaban. Yo estudié en Casapalca. Nunca hice llegar esas cartas a su destinataria. Una vez me pidieron redactar para otros. Era un trabajo por el que me pagaban. Al inicio, copiaba unos poemas de un libro de poemas de una tía. Eso cambió cuando ella se dio cuenta y desde entonces me vi obligado a redactarlas enteramente por mi cuenta.
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