
Ricamente musicalizada, la Muliza Tarmeña envuelve con sus románticas armonías cada pasoen la danza que acompaña, que desde 1855 viene inspirando con las partituras de Martín Pío Otero.
MULIZA, trémolo, suave de bordones y cellos, que en hora radiosa con la brisa se aleja. Cadencias dulces cuya música fúndese en la noche serena, como onda entre ondas, con la armonía pura de los astros, cantando ensueños y nostalgias. — Traes perfume de cármenes florecidos, en la quieta luz del amanecer. — Melodía aprendida en los arroyos, los vientos, el rumor de las frondas eres una ráfaga de aire del suelo natal; en mi peregrinar sin venturas, finges capullos del rosal de las ternuras, cálido luminar.
Siempre llegas a mí, efluvio misterioso del materno lar, hundiendo en mis arterias tus aceradas remembranzas. — Agualustral en la más dramática etapa de mi vivir huraño, fuiste tú. —cuerda de oro, demasiado tensa que con tus vibraciones tomaste mi dolor noble y señero. — Y algo influiste, también, para que yo — hijo de la sombra — marche hacia el claror de una vida fecunda, batalladora.
Cuantos nacieron en este pintoresco rincón, engastado sobre las estribaciones andinas, sentirán esa misma emoción, parecido deleite, idéntico ensoñar, doquier palpiten los sones sortílegos de la cantiga tarmeña; siempre al escucharla habrá canciones de cuna en el corazón, arrullos en el ramaje, fragancias en el viento, saudades juveniles en la imaginación y perfumes en alhucema y jazmines hogareños…
(…)La muliza, suave cantiga nuestra, nace con potencia recóndita nutrida en la tierra, lírica de las ninfas, poesía de ayer, de hoy, de siempre.
Al conjuro de sus notas, sube del corazón, cual caricia hecha armonía, la ternura sideral de la infancia.
Se deshojan en el huerto los claveles, embriagan los rosales y mi alma endurecida por los desengaños nutre un nuevo ideal”. Gustavo Allende Llavería.
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