
Herederos de una cultura que honra al caballo como parte de su identidad y espíritu.
En Chumbivilcas, una de las provincias más altas y recias del Cusco, existe un personaje emblemático que resume el alma del pueblo: el qorilazo. Esta figura andina —mezcla de jinete, pastor y luchador— no solo doma potros salvajes en las punas a más de 3,500 metros de altura, sino que también preserva una herencia cultural profundamente ligada al caballo, al coraje y al respeto por la tierra.

Los qorilazos visten con sombrero de ala ancha, pantalón de bayeta y poncho rojo; su presencia es infaltable en festividades religiosas, torneos de doma, y encuentros que reúnen a comunidades enteras alrededor del animal sagrado. Más allá del espectáculo, cada jinete es símbolo de identidad chumbivilcana, de resistencia frente al olvido y de la persistencia de una tradición que desafía al tiempo y a la modernidad.
Esta cultura ecuestre no sólo sobrevive: se fortalece con el impulso de nuevas generaciones que aprenden a montar desde niños, tejen sus propios látigos y entienden que el vínculo entre hombre y caballo va más allá de la técnica. Es espiritual. Es una comunidad. Es una forma de vida que se transmite oralmente y se celebra con orgullo, incluso cuando los caminos son difíciles y las recompensas, escasas.
Ser qorilazo en Chumbivilcas no es un título, es una responsabilidad. Representan a un pueblo que aún cree en el valor de sus costumbres y en la nobleza de sus animales. En tiempos donde todo parece acelerarse, su galope lento pero firme nos recuerda que las verdaderas raíces no se abandonan: se honran, se viven y se cabalgan.
Fuente: El Comercio / 07/07/2025
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