
En Mamita, Gustavo Rodríguez convierte la historia familiar en una radiografía íntima de un Perú que aún no logra desprenderse de su herencia colonial.
Escribir Mamita fue, para Gustavo Rodríguez, una forma de saldar una deuda emocional con su madre y, al mismo tiempo, abrir una conversación incómoda sobre el país que habitamos. Al reconstruir la historia de su familia, el autor no busca absoluciones y condenas simples, sino comprender cómo se normalizaron relaciones de poder, silencios y privilegios que todavía atraviesan al Perú contemporáneo.
La novela se mueve entre dos tiempos: la Amazonía de inicios del siglo XX y la Lima actual. Ese vaivén permite observar que, pese al paso de los años, muchas tensiones siguen intactas. El racismo y el clasismo no aparecen como herencias del pasado, sino como prácticas vigentes, naturalizadas, que determinan quién accede a derechos, quién es escuchado y quién queda expuesto a la violencia cotidiana.

Rodríguez desmitifica la figura del patriarca amazónico sin caer en el juicio anacrónico. Expone el contexto, pero no esquiva la asimetría de poder ni la crudeza de una época donde el progreso se construyó sobre la explotación y la invisibilización de comunidades enteras. En ese gesto, la literatura se convierte en un espacio de memoria crítica, capaz de nombrar lo que la historia oficial omitió.
Más allá de la intimidad familiar, Mamita dialoga con un malestar colectivo. La idea de que el Perú es una república solo en el papel atraviesa el relato como una certeza incómoda: instituciones frágiles, corrupción asumida y una ciudadanía fragmentada por el color de piel y el origen social. Frente a ese escenario, la novela no ofrece respuestas fáciles, pero sí una invitación poderosa: mirarnos sin adornos, reconocer el peso de nuestra historia y entender que narrar también es una forma de empezar a transformarla.
FUENTE: BBC
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