
En el marco del Día Mundial del Mago, la historia de Edssel Loechle nos recuerda que la magia no es solo un espectáculo, sino una vocación que se construye con identidad, sensibilidad y perseverancia.
Texto: Verónica Lévano
El definirse como artista no fue inmediato. Como muchos creadores, pasó por dudas sobre su nombre, su estética y su lugar en escena, hasta comprender que ser mago implica mucho más que ejecutar trucos: significa transmitir emoción y asombro auténtico. Así nació el Mago Edssel, un mago cercano y que busca conectar con el público.
Su vínculo con la magia comenzó en la infancia, en Huancayo, al presenciar un sencillo truco que despertó su curiosidad. Años después, durante su estancia en Argentina, esa inquietud se transformó en decisión al conocer de cerca el mundo profesional de la magia en la Red de Magos Solidarios un espacio clave, donde no solo aprendió técnica, sino también valores humanos. Allí entendió que la magia podía ser un oficio, una forma de vida y una herramienta para generar sonrisas y reflexión.
Tras experiencias laborales alejadas del arte, Edsel decidió apostar plenamente por la magia. Empezó desde cero, enfrentando escenarios pequeños, errores y aprendizajes constantes. Hoy concibe la magia como un acto de conexión profunda con el público, especialmente con los niños, donde el asombro se convierte en un puente emocional. En el Día Mundial del Mago, su trayectoria reafirma que la magia sigue viva cuando se ejerce con pasión, honestidad y sentido humano.
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