
Estudios y cálculos simples muestran que aumentar la velocidad reduce cada vez menos el tiempo de viaje, mientras eleva de forma exponencial la probabilidad de accidentes graves.
Acelerar parece la solución lógica cuando se llega tarde, pero en la conducción esa intuición rara vez se cumple. Las matemáticas de la velocidad muestran que, a medida que se incrementan los kilómetros por hora, el tiempo que realmente se gana disminuye de forma progresiva. Pasar de 10 a 20 km/h reduce el viaje a la mitad; subir de 100 a 120 km/h apenas ahorra unos minutos.
En condiciones reales, ese beneficio se diluye aún más por semáforos, tráfico, clima y obras. En la práctica, conducir más rápido suele traducirse en una ganancia marginal que muchas veces no compensa el estrés ni el peligro adicional.
El problema es que, mientras el ahorro de tiempo decrece, el riesgo crece de manera abrupta. A mayor velocidad, el conductor tiene menos margen para reaccionar y la distancia de frenado aumenta drásticamente. A 80 km/h, un vehículo puede recorrer más de 100 metros desde que el conductor detecta un peligro hasta que logra detenerse.
Además, la física agrava el escenario: la energía de un impacto se cuadruplica al duplicar la velocidad. Estudios indican que cada 1 km/h adicional incrementa en alrededor de 11% el riesgo de que un atropello sea mortal. A casi 60 km/h, la probabilidad de muerte de un peatón supera el 50%.
La conclusión es clara: reducir la velocidad salva vidas y, paradójicamente, casi nunca hace llegar mucho más tarde. En muchos casos, avisar del retraso resulta más sensato que asumir un riesgo que crece mucho más rápido que el tiempo que se intenta ganar.
FUENTE: BBC
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