
Cada 7 de marzo se conmemora el Día Mundial de los Cereales, destacando su rol en la alimentación global.
Desde hace más de 10.000 años, cuando la Revolución Neolítica sembró la primera semilla de lo que hoy conocemos como cereales, estos pequeños granos se convirtieron en el pilar de civilizaciones enteras; y en tierras peruanas, particularmente en regiones como Junín, esa historia milenaria sigue latiendo con fuerza en cada mazorca de maíz, en cada grano de quinua y en cada destello de kiwicha que sostiene tradiciones alimenticias ancestrales. Instituido por el Consejo Internacional de los Cereales, este 7 de marzo se conmemora el día Mundial de los Cereales, una fecha que nos invita a reconocer no solo su valor nutricional, hidratos de carbono complejos, fibra, vitaminas del grupo B, hierro y magnesio, sino también su profundo significado cultural, pues en el Perú profundo, el maíz no es simplemente un ingrediente, es la base de platos emblemáticos como el chicharrón de cerdo o el reconfortante caldo de gallina, y protagonista indiscutible de festivales y rituales quechuas donde la identidad colectiva se renueva alrededor de la mesa.
Estos cultivos, pertenecientes a la familia de las poáceas, han recorrido un largo camino de adaptación global, especialmente tras la Revolución Verde que entre 1960 y 1980 transformó los rendimientos agrícolas mediante variedades mejoradas de trigo, arroz, cebada, avena, centeno y sorgo. Sin embargo, en la diversidad prodigiosa de los Andes peruanos, la quinua y el amaranto brillan con luz propia como superalimentos ancestrales, cultivados con esmero en las alturas de la sierra central y valorados hoy en el mundo entero por su alto contenido proteico y su asombrosa adaptabilidad a suelos exigentes. Por ello la celebración de este día promueve un consumo equilibrado que aproveche sus beneficios comprobados como control de glucosa y apoyo cardiovascular, mientras se mantiene viva la herencia prehispánica.
Más allá de la celebración, esta conmemoración nos interpela como sociedad, invitándonos a reflexionar seriamente sobre la sostenibilidad agrícola en un contexto de crecientes retos climáticos. En América Latina, donde los cereales cubren aproximadamente el 70% de la ingesta calórica diaria de la población, su preservación cultural y productiva se vuelve una tarea impostergable; con miras al 2026, se prevé un mayor énfasis en el desarrollo de cultivos resilientes que puedan sostener a las comunidades altoandinas sin perder la esencia de lo que siempre han sido; el verdadero oro de los Andes, ese que no brilla en metales sino en la vitalidad de los pueblos que los siembran, cosechan y comparten como herencia sagrada.
Fecha: 06/03/2026
Fuente: El comercio
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