
El centro «Creciendo Juntos» demuestra hoy que la verdadera inclusión educativa y social no implica que la neurodiversidad se adapte rígidamente a las estructuras tradicionales, sino que sean estas las que se adapten a ella.
Texto y fotos: Angelizabeth Balvin
A simple vista, cada día parece una mañana escolar como cualquier otra en el Valle del Mantaro; sin embargo, hay instituciones con visiones diferentes, aulas donde se gesta un trabajo silencioso y transformador para construir un espacio verdaderamente inclusivo para niños con Trastorno del Espectro Autista (TEA).
En el Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo llegamos a «Creciendo Juntos», donde su directora, Gianella Chuquillanqui, nos presenta una filosofía que invita a reflexionar: “La inclusión no es un favor que se concede sino un derecho; por eso, los niños no deberían tener que esforzarse por encajar en un lugar que ya es suyo”.
Para la especialista, el primer paso para construir esta inclusión real es entender que el autismo no es una enfermedad que se cure ni algo que se deba arreglar, sino una forma distinta de sentir, pensar, comunicarse o ver el mundo y aunque cada niño dentro del espectro es único, todos comparten un pilar irrefutable, son personas con derechos plenos.
Este escenario no nos es ajeno, pues según estimaciones globales de la Organización Mundial de la Salud (OMS), aproximadamente 1 de cada 100 niños tiene autismo, y esta cifra en la región no disminuye. Este hecho debe empujarnos hacia la urgencia de aprender a mirar distinto, especialmente en un entorno de educación nacional donde escasean las soluciones o acciones reales; en ese contexto, «Creciendo Juntos» destaca como una propuesta educativa pionera en Huancayo, ya que su enfoque no se limita al cuidado, sino que prioriza la estimulación del lenguaje y la potenciación de las inmensas capacidades de cada pequeño.
Esta visión no es abstracta, nace de la experiencia de Gianella en Nueva York, donde, tras observar la especial atención y adaptación que allí se brindaba, decidió regresar a su ciudad natal para transformar su propia vivienda en un refugio inclusivo que aporte valor real a la sociedad y que sobre todo, garantice el cuidado que todos estos pequeños realmente merecen.
Por eso, nuestra verdadera tarea no es exigir que ellos cambien para encajar en nuestro molde, sino asumir la responsabilidad colectiva de respetarlos; esto implica aprender a identificar sus señales como la sensibilidad a los ruidos fuertes, la evasión del contacto visual o las fijaciones motoras y en lugar de reprimirlas, adaptar nuestro entorno físico y metodológico a su maravillosa diversidad.
Al final del día, la concienciación real comienza al entender que la inclusión jamás ha sido un gesto caritativo, sino el simple y profundo reconocimiento de que este mundo siempre fue suyo.
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