
Callahuanca, rayo de sol en el valle de Santa Eulalia, espera a dos horas de Lima como destino ambiental y tranquilo, sus laderas custodian chirimoyas gigantes, reliquias vivas de la agricultura andina que invitan a una pausa tranquila entre montaña y cultivo.
A dos horas desde Lima por la ruta ascendente de Huarochirí, emerge este rincón de la provincia donde el río Santa Eulalia dibuja espacios verdes bajo un cielo eternamente primaveral.
Callahuanca, conocido como el paraíso de las chirimoyas gigantes, alberga frutos que alcanzan tamaños legendarios gracias al suelo volcánico, el agua pura de vertientes y un microclima cálido que evoca los valles incas; los árboles centenarios de chirimoya espaciados en huertos familiares, cargan ramas con frutos rugosos del tamaño de melones, cuya pulpa cremosa y dulce se parte en gajos translúcidos libres de contaminantes.
La mejor época para visitarlo cae entre marzo y mayo, cuando la maduración pinta el paisaje de verde intenso salpicado de frutos caídos, listos para recogerse directamente del suelo, disfruta de caminatas suaves hacia miradores como Chacarán, desde donde se avista el valle envuelto en neblina matinal, o la piscigranja Piedra Huaca, donde truchas plateadas rompen la quietud acuática.
Los pobladores, guardianes de técnicas alfareras y agrícolas heredadas, reciben con humildad en puestos al borde del camino, ofreciendo la fruta fresca junto a derivados como helados o dulces totalmente caseros.
Este paraje no promete multitudes ni adrenalina, sino un ritmo pausado que reconecta con la generosidad de la tierra, porque en Callahuanca el turismo se vive como un diálogo silencioso con la naturaleza, ideal para fines de semana que restauren el espíritu limeño.
Fecha: 22/04/2026
Fuente: Revista Rumbos
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