Abilio Bravo Huatuco, nació en Acolla, un distrito a quince minutos de la provincia de Jauja en la región Junín. Su infancia, su adolescencia y su juventud la dedicó a enriquecer estos lares serranos con su presencia intelectual y sofista.
Gregorio C. Bravo Colca fue el tradicional negociante de la época, estamos hablando de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX, no tenemos fotografías de él en esta historia, pero en palabras de Genia Soledad (a quien entrevistamos para esta ocasión); su abuelo fue un “hombre a caballo”. Nos cuenta que comercializaba ollas y frazadas; arrancando su travesía acompañado de su corcel durante quince días por las inhóspitas sendas hacia la capital. El ímpetu de Gre-gorio Bravo Colca lo compartía su esposa Aurora Huatuco Ñaupari, con quien regentaba una de las primeras – o tal vez la única – panadería de aquellos años.
Volviendo a nuestro protagonista, Don Abilio vivía en el primer cuartel o “barrio centro” de Acolla, y como ya lo mencionamos, su ascendencia lo educó también en el arte panadero.

Su primaria la cursó en la escuela estatal Nº 30405 o famosamente reconocido como el 511. Su secundaria la llevó a cabo en el Colegio Comunal Inca Garcilaso de la Vega, de donde más tarde sería su secretario. Según nos cuenta su hija, esta institución recibe la denominación como “colegio comunal”, ya que fueron los mismos miembros de la co-munidad quienes promovieron y construyeron – literalmente – este emblemático colegio.
Sus estudios superiores, las realizó por correspondencia en escuelas formativas americanas; ya que en aquella época no había ni universidades o institutos de formación superior. Como dato, cabe indicar que la hazaña de la fundación de este colegio fue el ejemplo para lo que sería la Universidad Nacional del Centro del Perú. Abilio Bravo entonces, es-tudió y trabajó a la vez; y culminando se convirtió en el secretario, recaudador y tesorero de su propio colegio.

En sus años mozos, enamoraba a las chicas del distrito lindante de Marco quienes oían su engolada voz en compañía de su gran amigo Moisés Ortega Rojas. De esta forma (pero no en Marco si no en Acolla) conocería a su eterno amor: Juanita. Cuando su dama falleció Abilio cantaba: “Juanita, mi juanita, has volado como palomita…eterna ausencia, eterna ausencia”.
De Juanita Quijano podemos decir, que tenía la delicadeza de una rosa y la fortaleza de la flor de Kantu. Una dama luchadora que se casó de muy joven y que al fascinarse con la panadería la convirtió en industria, llegando a tener presencia con sus panes, pasteles y panetones en todo el Valle de Yanamarca, sierra y parte de la selva central; sin de-jar, ni por un momento de lado, su rol de mamá.
Juanita y Abilio, continuaron con el legado de la panadería y el comercio. Como ya lo dijimos, con el tiempo Juanita lideraría su industria panadera y Abilio, por su trabajo en el colegio, se hizo cada vez más académico y se convirtió en un activista social. Escribió muchos versos poéticos inéditos como “Acolla” o “Pueblo” que lamentablemente no vie-ron la luz, sabe Dios por qué motivos. Importante es decir que la biblioteca, que hoy ha quedado como herencia en su añeja casa, dibuja exactamente la personalidad de Bravo Huatuco.

Su adultez la invirtió como dirigente y adalid incondicional de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA). A su techo llegaron personalidades como el mismo Haya de la Torre, Armando Villanueva del Campo o Javier Valle Riestra, poniéndolo a cargo como secretario general en las épocas donde éste era un partido ilustre de iz-quierda que hablaba de la integración interamericana y no había firmado pactos nocivos con la derecha.
Don Abilio, solía decir: “En el espacio y tiempo histórico; la educación y la cultura es el camino para salir del subde-sarrollo”. “No olvidemos que la niñez y la juventud son nuestro presente”. Con estas frases dejaba en claro su voca-ción por el progreso del país.
Gregorio Abilio Bravo Huatuco, aquel cantor y poeta, padre abnegado preocupado por sus hijos y nietos; hoy recor-dado como “Papá Abico”, falleció a los 91 años, por una inusitada caída que le fracturó la cadera. Ha dejado una oquedad en el alma de muchos que los conocían. No solamente sus familiares y amigos, sino de las familias que lo contemplaron pasar por esta tierra y es menester recordarlo.
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