
En el “Davos latinoamericano”, líderes económicos analizaron por qué la región crece por debajo de otros bloques globales y qué se puede hacer para cambiar ese rumbo.
América Latina y el Caribe enfrentan un desafío persistente: su crecimiento económico sigue por debajo del promedio mundial, incluso tras varios años de esfuerzos por estabilizar la inflación y déficit. En el Foro Económico Internacional América Latina y el Caribe 2026, celebrado en Panamá, ministros de finanzas y economistas de la región reconocieron que, si las proyecciones se cumplen, entre 2015 y 2026 la expansión promedio del producto interno bruto apenas rondará el 2 % anual, el periodo más prolongado de bajo crecimiento desde los años ochenta.
En los paneles, los expertos plantearon que este estancamiento hace que cualquier choque externo como fluctuaciones de precios internacionales o eventos climáticos extremos impacte con mayor fuerza a las economías nacionales. El desafío no es solo macroeconómico, sino estructural: reducir la deuda pública, mantener la inflación bajo control y atraer inversión son prioridades compartidas, aunque con enfoques distintos según el país.

Los ponentes coincidieron también en la necesidad de diversificar las economías para ser menos vulnerables a factores externos. Países como Ecuador han destacado el fortalecimiento de sectores no tradicionales, como la acuicultura, mientras que otras economías buscan transformar su matriz productiva para responder a los ciclos de precios de materias primas y la incertidumbre global. El cambio climático también ocupó un lugar central en las discusiones, con ministros subrayando que eventos climáticos frecuentes exigen arquitecturas financieras que protejan la recuperación.
A pesar de los desafíos, hay señales cualitativas de resiliencia. El foro funcionó como espacio para compartir experiencias y lecciones aprendidas, desde estrategias menos traumáticas de ajuste fiscal hasta ejemplos de reducción de déficit sin recortes abruptos del gasto social. Para muchos participantes, la clave estará en combinar reformas estructurales con políticas que incentiven la productividad, inversión y cohesión social, de modo que el crecimiento económico sea más sostenido e inclusivo.
FUENTE: EL PAÍS
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