
Lo que comenzó como la compañía de un grupo de investigadores terminó convirtiéndose en una historia de arraigo: un perro que eligió quedarse en el complejo arqueológico como protector silencioso .
Durante las jornadas de exploración en el complejo arqueológico T’aqrachullo, un pequeño perro mestizo acompañó a los investigadores en sus recorridos. Su presencia, primero casual, pronto se volvió cotidiana: siempre estaba allí, siguiéndoles entre andenes y muros antiguos.
El animal, bautizado como Chuño, se ganó el afecto del equipo por su carácter noble y su instinto protector. Mientras los especialistas registraban hallazgos, él permanecía atento, como si entendiera la importancia de lo que ocurría en aquel lugar cargado de historia.
Con el paso de los días, Chuño dejó de ser un visitante ocasional para convertirse en parte del paisaje. Al terminar la campaña, los investigadores se marcharon, pero el perro decidió quedarse. Desde entonces, se le ve rondando las estructuras, vigilante y tranquilo.
La comunidad local lo reconoce como un guardián espontáneo del sitio. Su figura se ha vuelto símbolo de pertenencia y cuidado, recordando que la memoria cultural también puede estar protegida por gestos sencillos y desinteresados.
Hoy, Chuño es más que un perro: es un emblema de la relación entre las personas, los animales y el patrimonio. Su historia demuestra que la custodia de los lugares sagrados no siempre depende de murallas o candados, sino también de la lealtad inesperada.
27/05/2026
Fuente: LA REPÚBLICA
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