
El protagonista de la novela Le dedico mi silencio, Toño Azpilcueta, es uno de esos personajes por los que Vargas Llosa siente una atracción peculiar: es idealista, utópico y descabellado. Persigue una idea fija, de esas que se suelen llamar “consecuentes” y “únicas”, sin lugar a cuestionamientos ni dudas y que generalmente acarrean una estela de males.
Devorado por sus propios ideales convertidos luego en ambiciones inalcanzables, Azpilcueta abandona el mundo de la cordura e ingresa al de los inadaptados. Su vida nos devuelve inmediatamente a nombres tan entrañables como el de Pedro Camacho de La tía Julia y el escribidor —el excelso radionovelista que termina confundiendo a sus personajes y mezclándolos en diversas tramas de las historias que escribe en paralelo—, o, casi de modo similar, al del capitán del ejército peruano, Pantaleón Pantoja, hombre incapaz de desobedecer una orden, quien después de armar un plan de visitadoras para los soldados internos en los cuarteles de la selva peruana, termina destacado a un pequeño pueblo de los Andes. Hay una larga tradición, por lo demás, de personajes literarios, parientes lejanos de los ya mencionados. Se podrían nombrar los del mismo Alonso Quijano, el capitán Ahab o Madame Bovary. La historia de Toño Azpilcueta, periodista y opinólogo de música criolla, no es tan diferente a la de ellos. Y aunque su locura es congénita, esta se va agravando en función de los fracasos, cuestionamientos y angustias que vive todo creador, situaciones que no puede sobrellevar y cuyos síntomas se manifiestan con escozores en la piel y ratas recorriendo todo su cuerpo.
¿Por qué estas alucinaciones? Las ratas se encuentran, indudablemente, en el plano freudiano de la psicosis de Toño Azpilcueta, y, como él mismo explica en algún momento a su amada y desinteresada amiga Cecilia Barraza, lo mortifican desde niño, y han sido parte de los momentos más desagradables de su vida. Somos testigos de cómo esta condición se agrava en la historia, sobre todo desde el día que conoce a Lalo Molfino, el nuevo guitarrista chiclayano de Perú Negro, en una presentación íntima a la que es invitado a escuchar en una casa de Bajo el Puente, en el Rímac. Es ahí donde a través de pocas —pero muy significativas descripciones—, el narrador presenta a Lalo Molfino como un genio indiscutible, discreto y huidizo, ensimismado y egocéntrico, al punto que Azpilcueta se queda impresionado al ver por primera vez los “zapatos de charol” y los “dientes blanquísimos” del guitarrista. Estas descripciones minuciosas nos hacen recordar, asimismo, los zapatos de Madame Arnoux en la Educación Sentimental de Gustave Flaubert, detalles en el atuendo de la mujer casada de la cual Fréderic Moreau se queda eternamente enamorado. Pero la obsesión es solo el inicio del mal progresivo que degenerará la salud de Azpilcueta, aunque constituye, en esencia, su problema central: los límites de sus capacidades como creador, sus inabarcables ambiciones estéticas y esa terquedad en elaborar un ensay —blindado contra cualquier crítica— y totalizante acerca de la música criolla como base de la identidad peruana.
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