
Mirar el pasado no es anclarse en él. Es tomar conciencia para no repetir errores y reconstruir un país desde la memoria.
En un Perú marcado por la desigualdad, la discriminación estructural y la desconfianza en las instituciones, el olvido histórico ha sido una constante. Lejos de ser una simple materia escolar, la historia nacional es una herramienta poderosa para entender quiénes somos, porqué estamos como estamos y qué caminos no debemos volver a transitar. El historiador Manuel Burga, exdirector de la Biblioteca Nacional y reconocido investigador de la historia social andina, sostiene que la educación histórica en el Perú ha sido insuficiente, excluyente y muchas veces ideologizada, despojando a millones de peruanos del derecho de reconocerse en su diversidad y en su lucha. “Necesitamos una historia que nos refleje a todos, no solo a los vencedores de siempre”, señala.
Por décadas, la enseñanza de la historia en el país se ha centrado en una narrativa oficial construida desde Lima, en la que se glorifican las gestas criollas y se minimizan o ignoran las resistencias indígenas, las rebeliones campesinas y las culturas originarias. Se recuerda a Túpac Amaru II cada 4 de noviembre, pero pocas veces se explica que su levantamiento en 1780 fue una respuesta profunda contra la opresión colonial y el racismo que, de muchas formas, aún persisten. Asimismo, las guerras internas que marcaron el Perú entre 1980 y el 2000 son apenas mencionadas en las aulas, a pesar de que dejaron más de 69 mil muertos y desaparecidos, según el Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. ¿Cómo construir ciudadanía sin memoria?
Burga plantea que la historia debe abordarse desde sus conflictos, errores y contradicciones, no como una secuencia de triunfos. Es clave, por ejemplo, entender las razones que llevaron al fracaso de proyectos de nación en los siglos XIX y XX, o los procesos de marginación de comunidades indígenas tras la independencia en 1821. Conocer por qué fracasaron muchas reformas agrarias o educativas ayuda a no repetir las mismas fórmulas vacías. “La historia no nos da recetas, pero sí advertencias”, recalca. Y también nos ofrece luces: recordar la Reforma Universitaria de 1919 o las luchas por el sufragio femenino en los años 50 es también rescatar ejemplos de organización social y avance democrático desde abajo.
En la actualidad, donde el negacionismo, la polarización política y el racismo cotidiano se hacen cada vez más visibles, volver a la historia con honestidad se convierte en un acto político y necesario. No para vivir anclados en el pasado, sino para tomar decisiones más conscientes en el presente. Las nuevas generaciones tienen el reto —y el derecho— de aprender una historia plural, crítica, con memoria. Porque un país que no se cuenta a sí mismo con verdad está condenado a tropezar una y otra vez con las mismas piedras. Sanar al Perú implica también mirar de frente su historia, sin maquillajes, sin silencios, y con toda la voluntad de no repetirla.
Fuente: La República / 07/08/2025
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