
De un modesto local en Lawndale a una cadena reconocida en California, El Pollo Inka celebra la identidad peruana a través de la gastronomía.
En 1987, una familia peruana abrió en Lawndale, California, un pequeño restaurante llamado El Pollo Inka. Detrás del mostrador, Rosa Escobar y Salomón Jaime ofrecían algo más que comida: servían un pedazo de Perú. Con recetas tradicionales y el inconfundible aroma del pollo a la brasa, el local se convirtió rápidamente en un refugio para la comunidad migrante que anhelaba los sabores de su tierra natal.
Las recetas eran herencia directa de su Huánuco natal. Con adobos caseros, carbón ardiente y una salsa de ají verde que con el tiempo se volvió icónica, El Pollo Inka atrajo a familias enteras. La demanda creció, y con ella, el sueño: nuevos locales en Gardena, Torrance, Hermosa Beach y Rolling Hills marcaron la expansión de un emprendimiento familiar que mantenía viva la esencia de su origen.
Los hermanos Escobar Atoche asumieron el desafío de preservar esa identidad, incluso cuando el menú creció con platos como ceviche, lomo saltado o ají de gallina. Cada platillo cuenta una historia de adaptación y arraigo, de Perú en diálogo constante con California.
Hoy, El Pollo Inka es mucho más que un restaurante. Es punto de encuentro, lugar de celebración y testimonio vivo de cómo la cultura viaja y florece. Desde fiestas patrias hasta pedidos en línea, ha sabido modernizarse sin perder su alma: la sazón familiar que une generaciones.
Fuente: Perpu21 / 12/09/2025
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