
La reconocida coreógrafa peruana explora la memoria corporal y la presencia del cuerpo en movimiento como forma de preservar la historia y sentido.
La danza, para Mirella Carbone, no es solo movimiento ni espectáculo: es un archivo vivo. Con una trayectoria que cruza espacios artísticos, educativos y curatoriales, Carbone entiende el cuerpo como un depósito de memoria social y cultural. Cada gesto, cada desplazamiento y cada suspensión del cuerpo en el espacio habla de historias que van más allá de la técnica y que convocan saberes, memorias y experiencias compartidas.
Esta reflexión de Carbone se enmarca en su práctica como coreógrafa y gestora cultural, donde ha explorado la relación entre la corporalidad y los relatos colectivos. Para ella, el cuerpo que danza posee la capacidad de “archivar” eventos, cuerpos y memorias que la escritura o la imagen no siempre pueden capturar. Es una forma de registro que integra la emoción, la temporalidad y la presencia física de quienes participan.
Más allá de la estética, su trabajo invita a pensar la danza como un puente entre memoria y acción: una forma de preservar experiencias que no están necesariamente escritas, pero que se sostienen en la memoria viva de los cuerpos que las encarnan. En este sentido, la danza se convierte en un dispositivo de conocimiento, capaz de interpelar al público y cuestionar modos tradicionales de narrar la historia.
La mirada de Carbone también pone en diálogo la danza con otras disciplinas y saberes, posicionándose no sólo como arte escénico, sino como herramienta para pensar el presente y reconfigurar el pasado. Su reflexión propone que, en tiempos de rapidez y digitalización, detenerse en el cuerpo que danza es también una forma de acercarse a las raíces de la experiencia humana.
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