
Una experiencia personal y científica pone en evidencia cómo los contaminantes urbanos afectan la salud respiratoria, cardiovascular y cerebral.
La contaminación del aire no es solo un dato estadístico: es una presencia cotidiana que afecta a millones de personas en zonas urbanas. En una experiencia documental, un periodista se expuso deliberadamente al humo del tráfico para observar cómo esa mezcla tóxica influye en el organismo humano. El ejercicio puso de manifiesto que, más allá del olor o la irritación temporal, los efectos pueden ser profundos y acumulativos.
Los contaminantes del aire que emanan de los autos y motos son principalmente partículas en suspensión (PM2.5 y PM10), óxidos de nitrógeno y compuestos orgánicos que, al ingresar al sistema respiratorio, desencadenan respuestas inflamatorias. Una vez inhaladas, estas partículas muy finas pueden atravesar las barreras pulmonares y pasar al torrente sanguíneo, afectando no solo los pulmones sino también el corazón y los vasos sanguíneos.
La exposición continua a estas sustancias se asocia con un mayor riesgo de asma, bronquitis, enfermedades cardiovasculares y accidentes cerebrovasculares. La ciencia ha demostrado que las partículas ultrafinas son capaces de generar estrés oxidativo y daño celular en tejidos sensibles, algo particularmente preocupante en niños, adultos mayores y personas con condiciones preexistentes.
Además, estudios recientes señalan que la contaminación atmosférica puede tener efectos sobre el cerebro y el sistema nervioso central, potenciando procesos neuroinflamatorios que podrían estar vinculados a enfermedades neurodegenerativas. Aunque aún se evalúa la magnitud de estos efectos, la evidencia apunta a que la calidad del aire es un factor clave en la salud pública.
FUENTE: EL COMERCIO
Gracias tu mensaje ha sido enviado.
Te contacteremos a la brevedad posible.
Déjanos tus datos y nosotros te contactaremos. Los campos son obligatorios.