
Lejos del caos, estos espacios se han convertido en una vía controlada y segura para liberar estrés, especialmente entre mujeres.
Golpear un televisor viejo, romper una vajilla o destrozar un automóvil con un bate de béisbol puede parecer un acto impulsivo, pero para quienes visitan las llamadas salas de la furia, la experiencia está lejos de ser violenta. Al contrario, muchas personas describen estos espacios como un ejercicio consciente, casi terapéutico, que permite canalizar tensiones acumuladas de forma controlada y segura.
Aunque el concepto surgió a finales de los años 2000, su popularidad ha crecido recientemente, con una presencia cada vez mayor de mujeres entre sus usuarias. Lejos del estereotipo de la rabia desbordada, muchas llegan por curiosidad o como una alternativa para desconectarse de rutinas exigentes, trabajos de alta presión o responsabilidades constantes. Tras la experiencia, la sensación más común no es la agresividad, sino la calma, el alivio y una claridad mental comparable a un reinicio emocional.
Especialistas en salud mental señalan que este fenómeno responde también a una carga cultural. Las mujeres, históricamente, han sido educadas para reprimir emociones como la ira o la frustración, priorizando la contención y el autocontrol. Espacios como las salas de la furia ofrecen una ruptura simbólica con ese mandato, permitiendo expresar emociones intensas sin juicio ni consecuencias negativas.
Lejos de promover la violencia, estas experiencias abren una conversación más amplia sobre el manejo emocional en una sociedad saturada de estímulos y exigencias. En ese sentido, romper objetos se convierte menos en un acto destructivo y más en una forma de reconectar con el cuerpo, liberar tensiones y reconocer que la ira, cuando se expresa de manera consciente, también puede ser una emoción saludable.
FUENTE: BBC
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