
Expertos alertan que fenómenos como este serán cada vez más intensos y frecuentes debido al calentamiento global.
Texas vivió en julio una de las peores catástrofes climáticas de su historia reciente: lluvias torrenciales e inundaciones masivas arrasaron zonas enteras, dejando al menos 28 muertos y miles de damnificados. Lo que parecía un evento aislado, para la ciencia representa una alerta urgente. La combinación de temperaturas oceánicas elevadas, humedad extrema y cambios atmosféricos está generando tormentas cada vez más violentas y menos predecibles.
Según climatólogos consultados por El País, estas “tormentas perfectas” son el resultado directo del cambio climático. El calentamiento del Golfo de México ha contribuido a intensificar las precipitaciones, mientras que la urbanización descontrolada y la falta de infraestructura adecuada agravan sus efectos. Las ciudades no están preparadas para absorber tanta agua en tan poco tiempo, lo que convierte la lluvia en tragedia.
Además del impacto humano, las pérdidas materiales son millonarias: casas, carreteras, sistemas eléctricos y cultivos destruidos. Las autoridades locales han declarado zonas de desastre y piden más recursos para enfrentar emergencias futuras. Mientras tanto, los científicos insisten en que lo ocurrido en Texas no es una excepción, sino un anticipo de lo que podría ocurrir en otros lugares si no se toman medidas serias para frenar el calentamiento global.
La catástrofe ha puesto sobre la mesa la urgencia de replantear nuestras políticas climáticas, urbanas y de prevención. No se trata sólo de “adaptarse”, sino de actuar con responsabilidad global. Lo que pasa en Texas, como lo que pasa en cualquier parte del mundo, nos recuerda que el clima extremo ya no es futuro: es presente.
Fuente: El País / 11/07/2025
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