
A más de 1 600 metros de profundidad, los restos de un submarino nuclear ruso continúan siendo vigilados por científicos debido a la liberación intermitente de material radiactivo. Se trata del K-278 Komsomolets, hundido en 1989 en el mar de Noruega, donde permanece su reactor nuclear junto con dos torpedos con ojivas atómicas.
Más de tres décadas después del naufragio, investigadores noruegos detectaron nuevas emisiones de radionúclidos procedentes de la estructura. Un estudio difundido por Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) señala que las fugas no son continuas y se concentran principalmente en un conducto de ventilación del reactor.
Las mediciones han encontrado concentraciones de estroncio-90 y cesio-137 muy superiores a los niveles habituales de la zona. También se identificaron rastros de plutonio-239, plutonio-240 y uranio-236 cerca del casco. Sin embargo, los investigadores no encontraron evidencias de que la contaminación provenga de las ojivas nucleares.
El Komsomolets se hundió después de que un incendio se propagara por la embarcación. De sus 69 tripulantes, 42 fallecieron y 27 sobrevivieron. Desde entonces, la corrosión y las condiciones extremas del fondo marino han convertido al pecio en un objeto permanente de vigilancia científica.
Pese a las elevadas concentraciones registradas directamente en los puntos de fuga, los expertos sostienen que actualmente no existe una amenaza directa para las personas ni para la fauna marina. La rápida dispersión de los radionúclidos en el océano limita su acumulación en el entorno.
El principal desafío está en el futuro. La presión, el agua salada y el deterioro del reactor podrían modificar las condiciones del pecio. Por ello, los científicos continúan utilizando vehículos submarinos especializados para inspeccionar el casco, recoger muestras y evaluar posibles cambios en las emisiones.
La República
17/08/2026
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