
Entre genes, hormonas y un mundo diseñado para que comamos de más, la pregunta ya no es tan simple como parece.
La obesidad suele interpretarse como una falta de fuerza de voluntad, una idea reforzada por frases como “solo come menos” o “haz más ejercicio”. Este enfoque simplista ignora que la mayoría de personas con sobrepeso ya ha intentado múltiples dietas y cambios de estilo de vida sin lograr resultados sostenidos. La experiencia clínica muestra que no se trata de ignorancia ni de pereza, sino de un cuerpo que responde de maneras complejas y muchas veces impredecibles.
La ciencia ha demostrado que el peso está profundamente influido por la biología. Los genes determinan cuánta hambre sentimos, cuánta energía gastamos y cuán fácilmente almacenamos grasa. Además, el cerebro regula el peso a través de lo que se conoce como “punto de ajuste”, un rango que el organismo considera normal. Cuando una persona adelgaza por debajo de ese nivel, el cuerpo reacciona aumentando el apetito y reduciendo el gasto energético, lo que explica por qué las dietas estrictas suelen terminar en el temido efecto rebote.
A esta realidad se suma un entorno diseñado para que comamos de más. Vivimos rodeados de alimentos ultraprocesados, baratos, hipercalóricos y constantemente publicitados. Porciones cada vez más grandes y una disponibilidad permanente crean un “entorno obesogénico” que desafía incluso a las personas más disciplinadas. En ese contexto, pedir solo fuerza de voluntad equivale a ignorar una presión constante sobre el cuerpo y la mente.
Reconocer esta complejidad no elimina la importancia de las decisiones personales, pero sí las coloca en un marco más justo. La obesidad no es un defecto moral, sino una condición influida por la biología y el entorno. Comprenderlo permite dejar de lado el juicio y abrir espacio a soluciones más efectivas, humanas y compasivas
Fuente BBC News
14/01/2026
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