
Peruana se reinventó y lidera empresa en el mundo de la cosmetología
“Necesitaba dinero para la comida en casa. Dije, tengo que hacer algo y lo hice”, nos dice María Teresa Carreño, a quien todos conocen como Techy, al rememorar los días difíciles que afrontó en el Perú. Vendió chocolates en mercados y hospitales, y ahora triunfa en el mundo de la cosmetología en Miami.
Nació en Barranca, ciudad ubicada al norte de Lima. A los 17 años emprendió el viaje a la capital para estudiar enfermería. Para ese entonces ya tenía una hija.
Culminó la carrera en la Universidad del Callao en el 2000. Sin embargo, la economía adversa le impidió ejercer su profesión.
“Opté por quedarme [en casa], cuidar a mis hijos [ya había nacido el segundo]. Pagar a una persona para que se haga cargo de ellos implicaba más gastos que ingresos”, recuerda. Además, las cosas empezaron a irle mal. Sufrió el robo de sus pertenencias y se endeudó con una fuerte suma de dinero con su hermano debido a una estafa sobre inversiones ficticias.
Había que luchar y sobrevivir. Así incursionó en la producción y venta de chocolates en mercados, hospitales y hasta dio clases sobre su elaboración.
Adversidad permanente
La oportunidad de cambiar su rumbo llegó cuando su hermana le ofreció trabajar en Estados Unidos. Podía dejar atrás las dificultades que marcaron su pasado en el Perú.
Su primer empleo en Miami fue cuidar una persona que había quedado cuadripléjica al caerse de un caballo. Fue un agotador trabajo, de lunes a domingo, de 7 de la mañana hasta las 11 de la noche. Duró tres días, pero la marcó y le enseñó lo difícil que es vivir en otro país.
“Fue una prueba para mí, fue muy duro”, subrayó.
Luego cuidó a otra persona que sufría de alzhéimer. “Entraba muy temprano, la tendía, la bañaba y le cocinaba, entre otras cosas”, comenta.
Empero, la recesión que sufrió Estados Unidos generó que ella y su pareja, Carlos, se quedaran sin empleo. A empezar de nuevo, se dijo. No era la primera vez.
Ante la difícil situación, se buscó la vida por un año repartiendo volantes con publicidad de peluquerías, escuelas de karate, baterías para carro, cambio de llantas y otros productos.
Salía a las calles desde las 6 de la mañana hasta las 10 de la noche. “Con la llegada de las redes sociales, ese trabajo [repartir volantes] se terminó”, relata Techy. Todo seguía cuesta arriba. Otra vez la adversidad parecía no abandonarla.
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