
Pocos saben que Miguel Francisco Gutiérrez Correa, autor de la novela “La violencia del tiempo” y del polémico ensayo “La generación del 50: un mundo dividido”, vivió una temporada en Jauja; específicamente, en Muquiyauyo. Allí fue profesor del colegio comunal y hasta comunero inscrito en uno de los cuarteles de este pueblo.
Harto de la vida universitaria y la bohemia limeña que amenazaba con destruirle, en 1962, el piurano Miguel Gutiérrez hizo un largo viaje por el interior del Perú, con el propósito de llegar a los Andes, conocer a los indios de Arguedas y pasar una temporada en Chaupimayo. Y a los pocos días de iniciar su aventura, Gutiérrez hizo escala en el valle del Mantaro, enterándose que al año siguiente se fundaría un colegio comunal en Muquiyauyo, un pequeño distrito en la margen derecha y perteneciente a la jurisdicción de la provincia de Jauja. Y el piurano, sin desaprovechar la oportunidad de establecerse en la sierra, visitó la población y ofreció a los dirigentes sus servicios de profesor, prometiendo estar de regreso en la segunda quincena de marzo del próximo año.
En 1963, al llegar la fecha pactada, Gutiérrez reapareció en el pueblo con sus equipajes y se presentó de nuevo a los dirigentes, aunque estos ya se habían olvidado del asunto. Pocos días después, el anciano y jubilado maestro don Cosme Espíritu, le comentaría que, por el mismo camino en el que había venido, también arribó otro piurano, un tal Hildebrando Castro Pozo que estudiaba las comunidades del valle del Mantaro y había escogido a Muquiyauyo como modelo.
Al enterarse José María Arguedas de la permanencia de Gutiérrez en el valle del Mantaro, se alegró de sobremanera y le aconsejó que se integrara a la comunidad. Y así, con ayuda de Magno Espíritu, líder comunal y uno de los impulsores de la creación del colegio, Gutiérrez se inscribió en el cuartel número 2, participando después de las faenas comunales, de los velorios donde se tomaba cañazo y se chacchaba coca, bailando en las celebraciones colectivas y siendo amado también por una mujer del pueblo.

Confiesa, Gutiérrez, que la casa donde vivía era la más hermosa que había tenido, se fue llenando de libros y le sirvió de agradable posada para escribir una novelita titulada Ejercicios espirituales y algunos cuentos que luego leía en voz alta a su amigo Magno, cuando este lo visitaba. Por, entonces, el piurano ya soñaba con las obras que quería escribir en el futuro.
Un domingo, después del desayuno, Magno Espíritu fue a buscar a Gutiérrez y le invitó a pasear por los linderos de Muquiyauyo. Pasaron por el arco de la entrada principal y cruzaron la carretera en la que pasan los ómnibus hacia Jauja y Huancayo. Caminando hacia el fondo, llegaron al cementerio y a la gran llanura donde también se extienden varias hectáreas de maíz y trigo. Dice, Gutiérrez, que por esos lares Magno tenía un terreno y que en ese momento le mostró, diciéndole que se lo regalaba para que edificara su casa con ayuda de la comunidad, pues era su voluntad que tuviera un sitio donde escribir y siempre volver. Pero Gutiérrez, intimidado ante demasiada generosidad, rechazó el ofrecimiento y, por más que su amigo insistió y trató de persuadirle, se mantuvo firme en su decisión.
Dos años después, Magno Espíritu murió de un tumor cerebral y Miguel Gutiérrez llevó la culpa de causar en su amigo mucha desilusión. No obstante, el autor de La violencia del tiempo siempre diría que en el pueblo de Muquiyauyo había pasado una de sus épocas más entrañables y felices.
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