
Las “ruinas” son valiosas fuentes de conocimiento que merecen una dedicación académica especial.
Según los arqueólogos, el valle del Mantaro lleva un registro aproximado de 600 restos arqueológicos, de los cuales unos 70 aún se mantienen relativamente en pie, es decir, por su vigencia material ofrecen mejores condiciones de estudio. Valgan verdades, ni los propios especialistas tienen un inventario absoluto de la riqueza arqueológica que existe en los 70 km de longitud que posee este valle, cuyas cumbres aún conservan puntos con construcciones antiguas. En esa línea, las oficinas de Cultura necesitan de profesionales capaces de anticiparse a problemas y necesidades futuras, identificarlos y potenciarlos.

La mediocridad e incapacidad de la mayoría de burócratas de este sector se demuestra en la respuesta impasible y desinteresada que esbozan cada vez que la prensa les pone en bandeja la agenda cultural. Un claro ejemplo es Junín. Rodolfo Rojas Villanueva, exdirector de la Oficina Desconcentrada de Cultura Pasco, mostró predisposición fervorosa por la historia y la cultura de su región, como pocos.

Se trata de un personaje que supo de la importancia del trabajo de campo. Uno al que muchos deben imitar. Sabemos poco ¿Cuánto sabemos de nuestra arqueología local? Realmente poco. Los estudios se han centralizado en unos cuantos lugares como Huajlasmarca y Tunanmarca en Jauja; Arwaturo en Chupaca; Chuctuloma, Patancoto, Ullacoto, Unishkuto, Wariwillka, entre otros en Huancayo.
Hubo esfuerzos, sí, en especial de historiadores y profesionales extranjeros, pero faltó el rigor científico que determine con más precisión el fondo y forma de los vestigios preincaicos y contemporáneos a los incas.
Quien dio los primeros pasos en este campo fue Federico Gálvez Durand, que trajo en 1931 a Julio César Tello, llevándolo a varios puntos en Huancayo, entre los que cuentan “War” y “Wata” en Ocopilla, donde se asentaron los primeros huancaínos.
Los hallazgos del padre de la arqueología peruana fueron valiosos. Uno de ellos refiere que a los antiguos habitantes de Ocopilla les costaba mucho apartarse de sus muertos, por eso es que, sus cámaras fúnebres estaban muy cerca de sus habitaciones.
La tarea pendiente. La arqueología en el valle y la región Junín tiene influencia de Chavín, Tiahuanaco, Wari, y, por supuesto inca. Incluso se presume que edificaciones de piedra en Ullacoto, ubicadas en la cima de una colina en Sapallanga; Patancoto, cerca al río Mantaro en Cajas; Suitucorral, también a unos pasos del mismo afluente en Viques, fueron construidas por órdenes del Inca, con motivos alimentarios y ceremoniales. Entrelazar los hallazgos materiales unos con otros, bajo una disciplina metodológica, es una tarea pendiente. Hacerlos coincidir en el tiempo y etiquetando a las tribus, reinos o civilizaciones correspondientes nos acercarían más y sin titubeos a nuestros verdaderos orígenes. Al respecto hay mucha información dispersa y demasiado teórica. Los aportes de Aquilino Castro, Federico Gálvez, Simeón Orellana, Waldemar Espinoza, entre otros, son valiosos pero insuficientes.

Joyas del pasado Recurrentes son interrogantes como: ¿Cuáles son las ruinas más antiguas? ¿Cuáles son las más imponentes? ¿Cuáles son las que albergaron a la clase imperial inca? ¿Cuáles son las más grandes? O si hay distinción estadística entre las que sirvieron para granero y las que fueron destinadas para vivienda. Se trata de incógnitas que ni la misma arqueología ha dado una respuesta contundente.

En cuanto a estética se refiere, existen dos que aún mantienen (parcialmente) su estética arquitectónica. Es posible que por su lejanía y falta de divulgación no hayan sufrido mucha alteración. La primera es Shutuy Malca, que está a 18 km al norte de Jauja, cerca de los dominios de las taramas. Se trata de construcciones líticas altas y con paredes lisas, armoniosas en su disposición, cuidadosamente erigidas en círculos y con pasadizos y áreas con diferente utilidad.
Sus constructores escogieron un cerro piramidal para asentarse La otra ha sido recientemente descubierta por unos caminantes. Son dos ushnus o centros ceremoniales ubicados en el distrito huancavelicano de Pazos, cuyas paredes de 2 metros de alto tienen piedras enormes talladas al estilo inca. Este es uno de los descubrimientos más importantes hechos en las últimas décadas, debido a la magnificencia de su estructura, que yace cubierta por toneladas de tierra, que espera por autoridades capaces de ponerla en valor y protegerla.
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